UNA RELACION IMPOSIBLE, REAL.
CONSTRUCTIVISMO Y COMPLICIDAD*
Juan Luis Moraza

"Dobleces y rugosidades que se plisan y multiplican, que se pliegan en abanico y se replican. No teníamos definición no sentido ni modo de diferenciarnos unas de otras. Éramos lo que éramos entonces, libres intercambios, afinadísimos microprocesos, transferencias polimorfas indiferentes a fronteras y límites. No había nada donde colgarse, nada que agarrar, nada que proteger o de lo que protegernos".
(Sadie Plant: 1998)


"Las relaciones emocionales son tan contradictorias, incoherentes, plurales y cambiantes, que intentar hacerlas transparentes es reducirlas a una caricatura, devaluándolas". (Enrique Gil: 1997)

"La necesidad de un texto coreográfico con formas polisexuales". (J. Derrida: 1982)

"Donde las mujeres son investigadas, los hombres son probados". (Steve Neale: 1991)

 

El diccionario francés, definía en 1892 la palabra "feminismo" como "un quiebro en el desarrollo de un hombre sobre la adolescencia que le otorgaba ciertos atributos femeninos". Desde esta acepción decimonónica, ser feminista sería ser afeminado, infeminado. Yo no sé qué es "ser feminista". Ni mucho menos puedo aspirar a definirlo. Del feminismo, de la semiótica, del psicoanálisis, de la deconstrucción, de toda la teoría textual moderna, hemos aprendido a no confundir el sexo del autor con la sexualidad y el posicionamiento sexual inscrito en un texto. La relación no parece en modo alguno inmediata. No sé si puede identificarse un texto o una obra como "feministas"; ni tampoco si pueden identificarse esas obras o textos como "feministas" independientemente de quién sea su autor. En cualquier caso, yo no me creo en el derecho ni en la capacidad para tomar esas decisiones, para identificar esas categorías. Recuerdo ahora ese terrible "halago" que el pintor Hans Hoffman hizo a las pinturas de Lee Krasner, esposa de Jackson Pollock: "Esta pintura es tan buena que nunca sabrías que está hecho por una mujer".
Alguien podría llegar a decir que tal autor es tan feminista que parece una mujer pensando. Yo me sentiría extraño, pero no irritado. Este "yo" que habla puede asumir su masculinidad, pero, ¿en qué grado?, ¿De qué forma? Ese "yo" ¿es masculino como biológico, corporal, psicológico, familiar, social, genérico, laboral, genético? ¿Dónde comienza? El contenido de mis palabras cambiaría si este "yo" que se presenta como sujeto del discurso, lo hiciese identificándose como homosexual, o como transexual, o como heterosexual, o incluso como mujer travestida. El contenido del discurso será, en cada caso, otro. Y fíjense entonces que, a pesar del aceptado constructivismo identitario, se advierte la paradoja de que la posición del sujeto emisor determina el sentido del discurso que teóricamente es el que hubiera de "construir" la identidad del emisor… Y al mismo tiempo, cuando se afirma que tal o cual hombre o mujer es más o menos femenino o masculina, femenina o masculino, los parámetros utilizados para evaluar ese grado de identidad refieren a constructos culturales claramente arbitrarios, de modo que tomarlos como medida resulta paradójico especialmente en contextos en los que se supone se están desmontando o deslegitimando tales construcciones. Por lo pronto, por tanto, no quisiera asumir una masculinidad sin dejar en suspenso ese supuesto que es, justamente, el contenido de la deconstrucción que aquí me gustaría tratar. Umberto Eco definía el signo como "todo aquello que puede ser utilizado para mentir". En cierto nivel, el sujeto del discurso es siempre anónimo, supuesto, referido a unos síntomas que identificamos o acordamos en identificar como diferenciales. Pero esos supuestos son tan débiles, tan poco substanciales, como un maquillaje. Y al mismo tiempo, como el maquillaje, despliegan una sintomatología profunda.

No me preocupa dónde estoy respecto a la feminidad, ni respecto al feminismo. Me importa más generar relaciones de curiosidad e interacción con posiciones que, por lo demás, puedan estar siendo inocupables para mí. Nunca he pretendido hacer méritos para ser admitido en un club; no ha entrado dentro de mis pretensiones, ser considerado como "feminista". Ni mucho menos he pretendido sugerir al feminismo lo que podría ser. Si estoy aquí invitado a esta mesa, probablemente sea porque algunas series de obras, algunos textos publicados, algunos ensayos y comunicaciones presentadas en contextos de discusión sobre cuestiones de género han llegado a suscitar cierto interés. Mi interés ha sido, más bien, el de la deconstrucción de lo genérico, y particularmente, la deconstrucción de la masculinidad o identidad masculina, tal y como se expresa en ciertas mitologías que aparecen subrepticiamente en la historia de la estética y la iconografía occidental. En este sentido mis análisis sobre iconografía femenina han sido explícitamente reflexiones sobre los modos culturales mediante los que se constituyen los procesos de identificación. El título del libro MA(non é)DONNA. Imágenes de creación, procreación y anticoncepción (1992) , testificaba el constructivismo radical de la iconografía que asimilaba ciertos atributos corporales a ciertos programas simbólicos, deshaciendo el tópico naturalista o esencialista sobre las "imágenes femeninas", desde el paleolítico hasta hoy.
En este ámbito, los contextos y las aportaciones intelectuales y sensibles provenientes del feminismo han sido esenciales, componiendo un contingente intenso, copioso y profundo sobre las tensiones políticas, psicológicas, raciales y sexuales que roturan (y probablemente torturan) las identificaciones y las identidades. En este sentido, la deuda intelectual y afectiva es infinita, muy superior a cualquier contraprestación que pueda realizar. Como afirma Rosi Braidotti, "la feminización del pensamiento, parece ser prescrita como un paso fundamental en el programa de antihumanismo que marca nuestra era". El feminismo ha puesto sobre la mesa de discusión cuestiones tan importantes como la relación entre el sujeto y el poder, entre la sexualidad y la diferencia sexual, entre la teoría y la práctica política, entre lo personal y lo político. De ahí que el feminismo no sea una teoría, sino un complejo sistema de valores éticos, un campo de experiencias. Es, en efecto, un sistema de feminismos que incluso pueden diferir profundamente unos de otros.

MACULINIDAD

Así, será una impertinencia hablar aquí, al menos sin verme obligado a seguir la sugerencia de Cary Nelson y utilizar un pseudónimo femenino, como antaño muchas mujeres tuvieron que hacerlo para conseguir legitimar su expresión; Al hacerlo no me sentiría muy extraño, las identificaciones son, como muestran los análisis clínicos, mucho más flexibles y diversas que la mera anatomía sexual. Y para Kristeva, como para tantas y tantos autores, lo "femenino" es un atributo tanto de mujeres como de hombres. Pero, al hacerlo, ¿estaría a salvo, o más bien continuaría el tipo de apropiación característica de la dominación masculina?. "¿Porqué será -se preguntaba Gayatri Spivak ()- que los críticos masculinos en busca de una causa encuentran su mejor esperanza en la crítica feminista?". La sospecha refiere a la posibilidad de que el interés sea una maniobra que explora nuevas formas de seducción. Podría pensarse que inmiscuirse en el feminismo es uno más de los episodios de "canibalismo metafísico". La irritación estaría justificada. No puede eliminarse el pasado de un plumazo, y el presente tampoco es demasiado halagüeño. Es significativo que la aceptación de los hombres en el feminismo sea más fácil si el hombre es gay. Así lo afirma Alice Jardine (1987), en conversación con Paul Smith: "No siempre entiendo por qué. Sospecho que es porque no temen ser penetradas; tememos menos ser invadidas, penetradas, enloquecidas… es también un tipo de imaginario".
La sospecha es comprensible, esté o no justificada. Milenios de historia y un presente ineludible nada dicen a favor de la honestidad de todo esfuerzo. Y sin embargo, la expectativa temible de una eventual penetración, como elemento determinante de una aceptación, no protege al discurso, pues confina la crítica al mundo simbólico de la metáfora. Las formas más sutiles de apropiación son independientes de la metáfora y son perfectamente compatibles con la homosexualidad, donde se reproducen en muchas ocasiones los mismos parámetros de diferencia y jerarquía achacables a las relaciones heterosexuales. Es posible que en ocasiones más que aceptación del feminismo se trate de una simple identificación con la feminidad, incluso con la noción de feminidad más prototípicamente patriarcal. En tanto identificación, el sujeto ocupa simultáneamente la posición de objeto, de modo que eventualmente puede recoger sus aspiraciones, sus ansiedades, sus fórmulas, puede compartir sus objetos de deseo -convertidos entonces en objetos de objetos… Pero como identificación, sólo puede ser imaginaria, y fijada a un imaginario social de feminidad dado, heredado. Así, no se trata de que se recupere un imaginario esencialista, sino que se exige una referencialidad imprescindible para el progreso del proceso de identificación; y la frontera entre esencia y referencia es sólo una cuestión de grado, pues el concepto de referencia apunta a invertir la causalidad, olvidando que no es origen sino producto de la representación.

LIBERACION (Y LIBELACION) FEMENINA (Y MASCULINA)

El 28 de Septiembre de 1996, The Economist (Londres) publicó una serie de artículos titulados The Trouble with Men. Tomorrow´s second sex, formulando un pánico creciente ante una imprevista e inminente supremacía femenina: supremacía en las aulas, donde el índice de fracaso escolar comenzaba a ser superior entre los chicos y el rendimiento mayor entre las chicas; supremacía en el trabajo, donde los trabajos industriales dejaban paso a los servicios (administración, comunicación, finanzas, enseñanza, etc.) donde las mujeres comenzaban a despuntar; supremacía en la familia, donde la figura del padre y el abandono masculino estaban debilitando la estructura; y supremacía psicológica, pues la desmoralización, la renuncia a la búsqueda del éxito, la adición, el nihilismo, la delincuencia o la muerte temprana comenzaban a ser "síndromes masculinos". Se trataba, en definitiva, de una voz de alarma ante "la decadencia del hombre", o más bien, de la decadencia del mito de la masculinidad, tradicionalmente ligada a: determinación del vencer, voluntad decidida, afán de superación-honor-respuesta a los desafíos espíritu de sacrificio/capacidad de resistencia/imaginación crítica/inventiva, iniciativa…
…Todos esos contenidos de la mitología viril no sólo eran extraños a los hombres actuales, sino apreciables en las mujeres contemporáneas. Según el texto, conforme las mujeres devienen más "masculinas" (esto es, se incorporan a la esfera política y laboral), los hombres devienen más "femeninos" (esto es, cultivo de la domesticidad, los sentimientos, etc). Estas evidencias hicieron saltar la alarma de ciertos "bienpensantes" ante una "andropatía epidémica", propia del "nuevo sexo débil", contribuyendo tanto a actitudes de desmoralización victimista, como -consiguientemente- a recursos violentos, junto a intentos imposibles de "restauración" e implantación de principios y privilegios. "Lo primero que aprende un varoncito, desde que se arriesga a escapar de su cómodo refugio bajo las faldas de su mamá, es a fingir perversa maldad, a hacerse el bárbaro brutal e insensible, que se burla de cualquier principio y desprecia toda autoridad. Naturalmente todo esto es pura fachada, mera baladronada ficticia que a nadie logra engañar. Pero el hecho es que crea escuela, y todos los hombres se acostumbran a representar de mayores el más que dudoso papel de héroe maldito de pacotilla" (Gil: 1997, p.16)

Cabría considerar la posibilidad de vincular fenómenos muy distantes entre sí conectados precisamente por su vínculo con la esfera del imaginario social de la virilidad:

a. La fiebre popular en las sociedades desarrolladas por los deportes, especialmente por el fútbol, el baseball y otros deportes tradicionalmente "masculinos": que contribuyen a propiciar procesos de socialización ligados a la retórica de la masculinidad (neoclásica).
b. El ascenso alarmante de ideologías fundamentalistas y otras de corte nacionalista en todas sus expresiones más o menos moderadas, -desde los nacionalismos ligeros hasta los radicalismos nazis. En todos estos casos, se trata de ideologías muy ligadas al tipo de sentimientos y de conductas que tradicionalmente componían el cosmos de la construcción masculina.

Frente a estos alarmismos reaccionarios, se vienen produciendo afortunadamente, otros comportamientos y otras actitudes entre la población masculina. La evidencia es que ha existido y existe una cantidad notable de hombres que han tenido y tienen interés en deconstruir el patriarcado. Desde los años 70, se han generado distintos ensayos de un Movimiento de Liberación Masculina; ensayos donde se deslegitiman las formas de masculinidad clásica (esto es, fálica, viril, marcial, intensamente edipizada, etc.). "Hay diferencias y tensiones entre las masculinidades hegemónicas y las masculinidades cómplices; oposiciones entre las masculinidades hegemónicas y las masculinidades subordinadas o marginales" (Connell: 1995, p. 242).
No son escasos los síntomas de esta sensibilidad masculina dirigida a una deconstrucción de género: Los textos de Warren Farrell: The Liberated Man; de Jacks Nichols (Men´s Liberation), Pleck (The Myth of Masculinity, 1980 o Men´s Power with women, other men an society. A Men´s movement analysis. 1977), de John Stoltenberg (Refusing to be a Man), de Andrew Tolson (The Limits os Masculinity), la antología de Jon Snodgrass (For Men Against Sexism), organizaciones de hombres antisexistas, como la Men Against Sexism (U.S.A.), Men Overcoming Violence, o la Organization for Changing Men (USO, 80s), o el diálogo electrónico identificado con el nombre /gen.maleness/ activo desde mayo del 89…
"Gran parte de los tempranos estudios feministas referían al entendimiento de los condicionantes estereotípicos de las mujeres, y reclamaban un sentido de elección; es quizá arrogante, pero creo que estamos haciendo lo mismo con los hombres -reclamando un sentido de elección que nos permita romper y salir de círculos viciosos. Mi firme convicción es que comenzaremos a resolver muchos de los asuntos de género no debilitando a los hombres, sino fortaleciéndolos, para encontrar un sentido social y funcional del poder" TG. 8 ENE. 1992. (gen.maleness).
"Mi vergüenza hacia mis ancestros y mi descendencia, significa que puedo hacer algo sobre lo que son y lo que fueron. De hecho, mi vergüenza es reveladora en el sentido de que me enseña exactamente quiénes fueron (y son) revelando aquellas partes en mí que eran incuestionables hasta que mi vergüenza las confrontó" MH 8 NOV.1991 (gen.maleness).

Ciertamente, estos movimientos se han generado a imagen del Movimiento de Liberación femenina (MLF), y se trata de comunidades de indagación y grupos de consciencia emergente. Su base estructural es feminista, y por razones fáciles de entender son movimientos inestables y mal considerados. Cabría preguntarse por qué existe una especie de silencio administrativo e incluso académico hacia estos intentos. Por qué incluso estos movimientos antisexistas son considerados sospechosos por ciertos feminismos, por las asociaciones de liberación homosexual (etc.), y terriblemente perversos e incongruentes por la sociedad. Dentro de la estructura de la cultura patriarcal, la masculinidad heretosexual ha estado tradicionalmente estructurada como el género normativo. La relación heterosexual, núcleo supuesto de la sociedad tradicional y patriarcal, se encuentra en el punto de mira del pensamiento progresista: todos los males se achacan a esta estructura artificial que predetermina todas las formas de dominación. Por ello, un hombre o una mujer heterosexual son considerados, en el mejor de los casos, incautos esbirros del sistema, o interesados secuaces que disimulan su connivencia con el sistema. Ello plantea una paradoja, "precisamente porque los hombres blancos heterosexuales se perciben, desde las políticas identitarias multiculturalistas, como el centro de la cultura dominante, no se les permite reclamar su propia diferencia. Esto es irónico, pues el objetivo mismo de la política progresista, hoy -desmantelar los privilegios- acaba dejando en su lugar en nuestro imaginario un gran monolito de poder. La diferencia, que funciona como el sustrato de una política de reconocimiento, es sólo para el oprimido. ¿Entonces, qué se le permite hacer, en este contexto, a los hombres blancos heterosexuales" (YUDICE: 1995, p. 280).
Muchos de estos movimientos de liberación han tenido, como advierte George Yúdice, un carácter "izquierdoso antimasculinismo profeminista", pero han sido considerados como "profeministas misándropos", anti-masculinos, achacándoles la escenificación de un "hombre light". Frente a ellos, han surgido otros movimientos que responden con el intento de restaurar formas de virilidad fuerte, -como se ejemplifica en Iron John (Robert Bly). Estos movimientos reaccionarios pretenden presentar a los hombres como víctimas de una hegemonía femenina. De hecho, ocupar el papel de víctima, adoptando la retórica de la opresión es un particular modo de reactividad que legitima y se legitima en el discurso social y político... Como afirmaba Voltaire, los conspiradores, incluso los más sanguinarios, nunca dicen: ¡Cometamos un crimen!, siempre dicen: ¡Venguemos a la patria de los crímenes cometidos por el tirano!...

HOMBRES (EN, DESDE, CON, HACIA) EL FEMINISMO

En una fantástica edición, Alice Jardine y Paul Smith, recogieron, bajo el título: Men in Feminism, las intervenciones realizadas en dos sesiones en el Modern Language Association en Washington en diciembre de 1984. Las contribuciones fueron valiosas y trataron de reflexionar sobre el hecho indiscutible de que un número considerable de intelectuales hombres estaba empleando y desarrollando pensamiento feminista y teoría feminista. Stephen Heath, Paul Smith, Andrew Ross, Alice Jardine, Judith Mayne, Elizabeth Weed, Peggy Kamuf, Naomi Schor, Jane Gallop, Elaine Showalter, Terry Eagleton, Nancy K. Miller, Denis Donoghue, Cary Nelson, Meaghan Morris, Richard Ohmann, Robert Scholes, Craig Owens, Rosi Braidotti … las sesiones fueron provocativas desde el propio título general: Hombres "EN" el feminismo. Esa partícula fue motivo de numerosas disputas y testifica la problematicidad de esa relación. ¿Por que no "hombres con el feminismo" u "hombres desde el feminismo", etc.?
Por supuesto, las opiniones variaron del blanco al negro, y me gustaría, con motivo de esta charla, recuperar algunas que pueden resultar significativas.

El texto de Donoghue (1987) reflejaba un cierto lamento rabioso con respecto a la crispación a veces exultante de ciertas facciones radicalmente excluyentes dentro del feminismo. Y que refieren a la imposibilidad de ser al mismo tiempo hombre y correcto dentro del feminismo. Para Donoghue, ciertos feminismos convierten a la mujer en un libelo, en una caricatura no menos reductiva que la caricatura falogocéntrica del "eterno femenino" o de la "femme fatale", y al hacerlo, niegan la imaginación: todo hombre queda imputado con un pecado original indeleble que lo convierte en violador camuflado. Desde ese malestar, llega a preguntar: "¿Soy realmente culpable del alegado reforzamiento falogocentrico del sentido en el discurso? ¿Cuándo cometí el crimen?". La respuesta de Nancy K. Miller es aún más tremenda: "Por supuesto, ningún "hombre particular" es único responsable de los poderes globales del discurso dominante, pero sí Denis, desde el momento en que preguntas, tú eres "realmente culpable"; en cada línea de tu artículo, comenzando con el impacto barato de su título; lo estas siendo ahora en la flamboyante mala fe de tu retórica. A lo largo de todo el ensayo, el lenguaje de Donoghue está habitado por las metáforas de la ley: crimen y castigo, inocencia y culpabilidad, buenos y malos. De hecho, este es el recurso constante a ese lenguaje, los referidos códigos del falogocentrismo en sí mismo…" (MILLER: 1987. p.137).

"El masculinismo es una instancia de naturalización de la jerarquía y la dominación […] se puede definir en relación a la ideología esencialista de la determinación biológica" (ARONOVITZ: 1995. p.315). Si el machismo o masculinismo pretende naturalizar la diferencia, imputando la superioridad masculina sobre la base de la fuerza física y/o la diferencia de género con respecto a la reproducción sexual …no es infrecuente encontrar en los medios de comunicación de masas, alegatos que tienden a practicar un esencialismo inverso: que imputa la superioridad femenina sobre la base de la habilidad cerebral o emocional y/o la diferencia de género con respecto a la reproducción sexual: Catherine MacKinnnon considera que todos los hombres son inevitablemente agresivos, sea por la testosterona o por la socialización; Andrea Dworkin considera que todo coito es una violación, y que la sexualidad misma, y específicamente la heterosexualidad es un mero síntoma de la dominación masculina. Craig Owens ha advertido que el feminismo más esencialista y radical, instituye un principio homosexual, o, cuando menos, ofrece a las mujeres la disyuntiva excluyente de ser o feministas o heterosexuales. Lo que se ajustaría a una "heterofobia", o lo que Eve Kosofsky denomina con la palabra "homosocial". En estos contextos, la radicalidad no es un síntoma de izquierdismo, sino de la consideración del género como la división más radical de la experiencia humana "implícita o explícitamente, el feminismo radical tiende a negar que el significado del género o la sexualidad haya cambiado nunca". Obviamente esta supuesta centralidad de la distinción genérica implica ya una modalidad de esencialismo. Para Judith Butler, el género está ligado a un "efecto melancólico": "una catexis de objeto se reemplaza con una identificación" (Butler: 1995). Aunque en la melancolía se rechaza una pérdida, no es, sin embargo abolida. En realidad, la internalización es el modo en el que lo perdido se preserva en la psique. De este modo, la centralidad del género apuntaría a una internalización. Y para Lacan, si "no existe relación sexual", es porque no hay nunca dos sexos, sino uno en ambas caras de la "relación" (sea hombre y mujer, mujer y mujer, hombre y hombre). La relación, la idea de la relación depende de un imaginario otro que me complementará como uno, esto es, saciará y eliminará mi falta de identidad… Esta "unicidad" del otro se encuentra en la base del modo en el que los hombres (heredan) tratan a (con) las mujeres (pornografía, fetichismo, libido, violencia…). Por su parte, Enrique Gil, advierte que ciertas formas de feminismo caricaturizan situaciones que se presentan como mucho más complejas que los clichés machistas o feministas. Habla de los complejos del hombre postmoderno respecto a una sociedad que a menudo presenta los hechos como una batalla campal entre los hombres -crueles romanos (infieles y paganos)-, y las mujeres -pobrecitas cristianas (víctimas y mártires)-. Un paisaje mediático que, a través de la publicidad muestra a un hombre obtuso, embrutecido, pasmado, insociable, cohibido, libidinoso, incontenible, ausente, infantil, obseso e imbécil.
…Y cómo frente a esta fractura de la complejidad, muchos hombres optan por el disimulo, por la reserva… "Así como el hombre machista ejercita violencia física y verbal con espontánea naturalidad, sin dominio de sí, ni control emocional sobre sus pasiones, el hombre postmoderno, en cambio, se domina y disimula, y ha aprendido a controlarse para no ser tachado de machista" (Gil: 1997. p. 24).
En todo caso, creo que hay mucha gente de acuerdo en luchar "contra una política sexual que reduce la complejidad de la diferencia sexual a una relación antagonista entre dos grupos de gente mutuamente excluyentes"(Ross: 1987).

Da la sensación de que el discurrir de lo que se conoce como "lucha de sexos" se reproduce en contextos tan dispares como el hogar privado o la discusión académica pública. Pero considero que esa "guerra" no responde a impulsos naturales o esenciales de "diferencia genérica", sino más bien a patrones culturales adquiridos y reenunciados de modo más o menos consciente por cada individuo. Al mismo tiempo sospecho que esta "guerra sexual" está promovida por intereses de Estado, esto es, intereses internos de una lucha de competencia financiera de carácter privado. Una sociedad dividida es una sociedad controlable. La guerra de sexos es una cortina de humo que pretende desviar la atención de los conflictos de relación que son propiamente políticos. El efecto ideológico del "género" es esencializar y naturalizar el sistema de diferencias y jerarquías (clase, raza, sexo) como si fuese fijo e inmutable. Lo que se perpetúa en la lucha de sexos, es una mitología de guerra, y una sexualidad bélica. La noción de una deuda de sangre según la cual la víctima tiene derecho a ejecutar al verdugo en una cadena sin fin que reenuncia la violencia, perpetuando una dinámica útil al sistema.

En el genérico (EL hombre, LA mujer) se vehicula el género; y en el género se vehicula la ideología de "lo genérico" -ese instrumento abstracto vinculado a la institución del Estado, a la mitología del Estado. Estado que ha sido tradicionalmente patriarcal, pero, como advierte Camille Paglia, "lo que las feministas llaman patriarcado es simplemente "civilización", un sistema abstracto diseñado por hombres, pero incrementado y co-perteneciente a las mujeres. Como un gran templo, la civilización es una estructura genéricamente neutra" (Paglia: 1994). Las relaciones entre lo universal y lo particular, entre lo genérico y lo específico, entre la identificación y la identidad, se encuentran en un núcleo que es común a hombres y mujeres. Quizá, como afirmara Gayatri Spivak, la mujer "debe asumir el riesgo de la esencia" para pensar realmente diferente. Y ciertos maximalismos deriven de esa exigencia creativa. Indudablemente, asumir el riesgo del esencialismo es parte de cualquier juego creativo, aunque personalmente tiendo a someter ese delirio esencialista al método daliniano de la paranoia crítica: Uno se deja llevar por el delirio, pero al mismo tiempo conserva una cierta consciencia residual de que se trata, en efecto, de un exceso de interpretación.

Si la definición del género es institucional y cultural; si la identidad femenina y la identidad masculina no responden a patrones esenciales o naturales sino a determinaciones culturales y a procesos constructivos tanto personales como colectivos … entonces la fijación de una mujer concreta a los patrones culturales es tan activa o pasiva como la fijación de un hombre a los suyos: la opresión entonces tiene dos niveles:

a. Una opresión propia de las relaciones de poder entre los roles masculino y femenino.
b. Otra opresión propia del ajuste de cada uno de los roles: la violencia necesaria para que cada persona concreta se ajuste a su patrón genérico.

Indudablemente, la primera opresión ha sido claramente dirigida contra las mujeres, así como contra otros pueblos y otras culturas, que, en este sentido, habrían ocupado la posición femenina/victimaria con respecto a la cultura oficial. Pero la segunda opresión ha sido ejercida sobre todos los miembros de esas sociedades, y por supuesto también sobre los hombres, cuya construcción de identidad masculina ha estado plagada de brutalidad. De hecho, no existe una virilidad sino la ejercida e instituida culturalmente bajo presión. En este sentido, es revelador el ensayo de David Gilmore (1994) titulado Hacerse Hombre, una panorámica antropológica que muestra la artificialidad de la masculinidad, y los violentos procesos que los hombres sufren en gran parte de las culturas primitivas para reprimir lo no-masculino y para ajustarse al patrón social. En la mayoría de las sociedades, la virilidad es una prueba infinita, directamente relacionada con la dureza, la autodisciplina, la preparación para la lucha …bajo pena de ser despojados de su identidad, una amenaza, al parecer, peor que la muerte. Para Gilmore, dado que en las culturas de patronazgo masculinista, las mujeres suelen estar bajo la autoridad masculina, el sistema debe habilitar dispositivos para contener la indisciplina (la autoridad) del hombre, mediante un sistema moral especial ("la verdadera virilidad"), para asegurar una aceptación voluntaria de la conducta apropiada por parte de un varón, para forzar a que el hombre evite la regresión narcisista a la identificación pre-edípica con la madre. De ahí que el núcleo de esta "verdadera virilidad" sea la disciplina, el sometimiento a ciertas funciones de provisión y protección.

Entre el esencialismo (absolutos biológico/genéticos) y el juego libre (constructivismo), y dado que no existe masculinidad ni feminidad sino bajo presión, la identidad de género conservará una ambivalencia fundamental. El género masculino no es sólo construido, sino también performativo (Judith Butler):
"el género no es sustantivo, pero tampoco es un conjunto de atributos que flotan libremente, porque hemos visto que el efecto sustantivo del género es producido performativamente y compelido por la práctica reguladora de la coherencia de género …en este sentido, el género es siempre un constructo, aunque no por un sujeto que pueda decirse que preexiste al hecho […] No hay identidad de género tras las expresiones de género; La identidad es performativamente constituida por las mismas "expresiones" que se dicen sus resultados". "Masculino y femenino no son disposiciones, sino culminaciones" (Butler: 1995).

CONSTRUCTIVISMO Y COMPLICIDAD

Prefiero visiones no esencialistas, como la de Parveen Adams, que defiende la "fundamental inestabilidad de las posiciones identificatorias" (Adams: 1988). O, en un registro bien distinto, la de Monique Wittig, para quien los procesos de construcción del género son aquellos que pretenden naturalizar categorías artificiales, educando nuestro inconsciente para que los pensemos como autoevidentes e indiscutibles:
"Es fácil imponer los símbolos, desde la teorización y la terapia, hasta el inconsciente individual y colectivo. Se nos enseña que el inconsciente, con un exquisito buen gusto, se estructura a sí mismo mediante metáforas, por ejemplo, el-nombre-del-Padre, el complejo de Edipo, la castración, el asesinato-del-padre, el intercambio de mujeres, etc… Si el inconsciente, sin embargo, es fácil de controlar, no lo puede puede hacer cualquiera". (Wittig: 1989. p. 52)
Y llega más lejos al despegarse radicalmente de los contenidos genéricos, declarándose ajena a la categoría de mujer:
"¿Qué es la mujer? Pánico, alarma general para una defensa activa. Francamente, es un problema que las lesbianas no tenemos por un cambio de perspectiva, y sería incorrecto decir que las lesbianas se asocian, hacen el amor, viven con mujeres, pues "mujer" sólo tiene significado en sistemas heterosexuales de pensamiento y en sistemas económicos heterosexuales. Las lesbianas no somos mujeres […] Ni ninguna mujer que no esté en una relación de dependencia personal respecto a un hombre". (Wittig: 1989. p. 57)

En este mismo sentido, esa impertenencia no sería exclusiva de los y las homosexuales, y yo podría abjurar de mi condición masculina. En efecto, yo no soy un hombre; O como lo diría el poeta Maiakosfky: "Yo no soy un hombre, soy una nube en pantalones". O, como lo expresarían Donna Haraway (Cyborgs), a finales del siglo XX, nuestra época, "todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de maquinaria y organismos, en una palabra, somos cyborgs"… En efecto, Sadie Plant advierte que la identidad disociativa, las personalidades múltiples, son síndromes propios de nuestra época, una época de mutantes polimorfos:
"los televidentes son en realidad susceptibles a la sugestión; Los trastornos disociativos, como la brujería y la histeria antes que ellos, son literalmente infecciosos. El síndrome es múltiple, contagioso y cada vez más extendido, dado, entre otras muchas cosas, el grado en que los espacios virtuales de la Red facilitan e incluso exigen este tipo de multiplicidad" (Plant: 1998. p. 134).

Me parece innegable que en muchos hombres existe la actitud y el esfuerzo para aprender del feminismo, intentar ser, en la medida de lo posible, feminista; no ser, en todo caso, anti-feminista. Pero es comprensible la existencia de sospechas justificadas respecto a la posibilidad de que ciertos hombres utilicen el feminismo contra el feminismo; que su feminismo sea un simulacro imperfecto. Tras el ensayo pionero de Carla Lonzi (La Presenza dell´oumo nel feminismo), asumiendo una "lógica de lo peor", para Cary Nelson, la relación de los hombres con el feminismo es "superflua"; para Elizabeth Weed, "un asunto aburrido"; para Meaghan Morris, "es a priori una idea ridícula"; o "Nunca estaré en el lugar de un hombre, un hombre nunca estará en el mío. Cuales sean las posibles identificaciones, uno nunca ocupará exactamente el lugar del otro -son irreductibles el uno al otro" (Irigaray: 1984). …Lo que podría decirse también en la imposibilidad de ser otra persona, sea mujer, hombre o cualquier cosa. En esta tesitura, Stephen Heath, al pensar un eventual "Feminismo masculino" se pregunta "si no hay en el feminismo masculino, en la relación de los hombres con el feminismo, siempre, potencialmente, un efecto pornográfico. ¿Escribo desde el temor-deseo, para decir, en última instancia, `ámame? […] "La relación de los hombres con el feminismo es imposible […] No importa lo `sincero´, ´empático´ o lo que sea, siempre estamos en la posición masculina que nos retrotrae todas las implicaciones de dominación y apropiación […] No quiero implicar que su relación con el feminismo sea meramente reductible a una estrategia socio-sexual, un ´interés` de este tipo, pero podríamos admitir también que en las circunstancias dadas, la relación no puede estar libre por arte de magia de los términos dados por el posicionamiento hombre/mujer, de las relaciones generales de los hombres con las mujeres" (Heath: 1987. p. 118).
Y Elizabeth Weed, responde advirtiendo que "la relación de los hombres con el feminismo es imposible, tal y como, de modos distintos, lo es la relación de las mujeres con el feminismo" (Weed: 1987). Pero esa "imposibilidad" no es una trinchera reaccionaria que afirme que, como es imposible, nada puede hacerse. Imposible quiere decir, explícitamente, que ciertas contradicciones quedarán, a pesar de todo, irresolubles… Quiere decir que, dada la heterogeneidad de las posiciones sociales que ocupamos, no hay garantías de que nadie pueda ser un agente no-contradictorio. E imposible quiere decir, también, real, esto es, la relación entre los hombre si el feminismo no es (no es sólo) imaginaria o simbólica, sino que existe una relación inevitable, no posible sino factual. Dada esta evidencia, a los hombres ya a las mujeres nos compete precisar, realizar esa relación imposible.

De ahí que esta "imposibilidad" sea diferente de la "impertinencia" a la que se refiere Rosi Braidotti, cuando vislumbra una sombra falocéntrica incluso en los ensayos sobre feminismo realizados por hombres, refiriéndose a un "pheminismo": "Los hombres no están no deben estar en el feminismo […] ellos son esos intelectuales blancos de clase media; ´ellos´ son una generación especial, post-beat, pre-yuppie, entre 28 y 45 años que han atravesado las sublevaciones de los 60s y han heredado los valores y las neurosis de ese periodo" (Braidotti: 1987).

Alice Jardine advierte que existen hombres que han aprendido la lección retórica: un nuevo lenguaje políticamente correcto (sobre el feminismo), sin asumir cambios profundos en sus estructuras categoriales, experienciales, conductuales. Para Alice Jardine, existen tres tipos de relación entre los hombres y el feminismo:
1. La mayoría silenciosa. Los que nunca tienen en cuenta el enorme cuerpo de trabajo producido por las intelectuales feministas. Algunos de estos son muy eminentes y supuestamente radicales.
2. Los que están cercanos al feminismo por razones expúreas (circunstanciales, laborales, afectivas), sin asumir ningún cambio en sus itinerarios ni agendas teóricas o prácticas.
3. Los que están intentando realmente introducir transformaciones substanciales en su producción, su experiencia y su conciencia. (Jardine: 1987)

Hablar de "La mujer" ha sido una técnica ancestral de categorización esencialista -desde el "eterno femenino" a la "femme fatale", desde Aristófanes hasta Lacan …ese artículo, ese "genérico" ha propiciado una renuncia a la particularidad y a la diversidad de cada mujer particular. Ese "genérico" desvela un instrumento propiamente estatal desde el que el género tanto como lo genérico han sido instrumentos de dominación. En el mismo sentido, el genérico "hombre" ha sido una técnica esencialista ancestral, negadora de la diversidad y la particularidad de cada hombre en particular, un instrumento de dominación que ha confinado a los hombres dentro de identidades genéricas convenientes sólo al propio sistema. Según Helene Cixous, "los hombres tienen aún que decirlo todo sobre su sexualidad". La corporalidad del hombre, lo que, según Luce Irigaray, "la metafísica jamás ha tocado", sería el "verdadero ´continente oculto` de esta sociedad" (Rosalind Coward). Paradójicamente, la identidad masculina se ha instituido mediante imágenes de mujer, y la centralidad del falo, ligada a una centralidad de lo visual, se ha instituido de acuerdo a esta "tiranía de la invisibilidad" (Nead: 1992)). Por ello a menudo es más sencillo hablar sobre las mujeres que hablar como un hombre codificado corporalmente -imaginar un hombre nuevo-, aunque en cualquier caso, deconstruir la sexualidad y el genérico masculino no implica reproducir la imaginería fálica.

Rosa Braidotti se preguntaba por qué un hombre va a querer "meterse" en el feminismo, si el feminismo proviene de la opresión y del dolor: "¿Qué quieren, sentir dolor?"... La respuesta, aún compleja, tendría que empezar anotando que:

a. El dolor y la opresión no han sido un monopolio de las mujeres. Y no sólo por las opresiones sociales, de clase, etc. La construcción cultural de la masculinidad ha exigido (y exige) en la mayoría de las culturas, un extenso nivel de opresión y represión que han producido en los varones amplias dosis de ansiedad, dolor e incertidumbre. "Hacerse hombre" ha sido extremadamente doloroso, y ha comportado todo tipo de sacrificios cruentos que en muchas ocasiones conducen a la disputa extrema y a la muerte. Los valores del honor, el valor, los cojones, etc... han sido instrumentos categoriales marcados mediante procedimientos violentos para esa institución de género. Pensar que los hombres se adaptan de forma "natural" a ese tipo de patrón, es reenunciar una mirada esencialista y naturalista (convirtiendo el efecto en causa).
b. Como muestran los análisis clínicos y los estudios psicosociológicos, los procesos de identificación están abiertos a diversas posibilidades independientes de las categorías sociales de género y sexo. Así, Laura Mulvey advirtió que la contemplación de relatos cinematográficos permitía identificaciones entremezcladas: un hombre no necesariamente se identifica con el héroe masculino (tradicionalmente activo, inteligente y dominador), sino que puede, y de hecho lo hace a menudo, identificarse con la dama (tradicionalmente pasiva, torpe y dominada), que aparecían como clichés en las pantallas. Los mitos narrados en cualquier medio (relatos, películas, novelas, comics, TV) actúan como una especie de demostración de cómo se supone que funciona la masculinidad. Pero existe un cierto tipo de disyunción entre la representación y las posiciones del sujeto (Smith: 1988).
c. La cultura popular actual, a través de la imagen publicitaria, cinematográfica o literaria, ha generado progresivamente una iconografía, perfectamente legitimada en un discurso victimario, que, invirtiendo los papeles, reproduce los mismos patrones dualistas que el feminismo inteligente ha pretendido deconstruir y abolir. Así, podremos advertir en los personajes masculinos no figuras activas, competentes y dominadoras, sino clichés de hombres incompetentes, atontados, libidinosos, brutos. Estas imágenes compensatorias responden, indudablemente a una restitución frente a la injusticia cultural que la imaginería ha operado contra las mujeres, pero lo realiza mediante una reproducción de la misma violencia discriminatoria. Ello no significa negar la real y masiva discriminación hacia las mujeres en formas e intensidades distintas, sino emergencia de técnica de reactivación de la lucha de sexos mediante estrategias y argumentos aparentemente legítimos. El tardocapitalismo ha advertido la rentabilidad política de este tipo de discurso sexista, perfectamente legitimado, políticamente correcto, y sólo en apariencia feminista. El juego de identificaciones posibles e imposibles intensifica las diferencias y luchas de género -contribuyendo a reenunciar los tópicos esencialistas sobre "hombre" y "mujer", y provoca un malestar que, a falta de otros cauces, se resuelve de forma violenta en absurdos intentos de identificación masculina con fantasmas de virilidad trasnochados. Esta imposibilidad de identificación apunta, en efecto, a un dolor que escapa a la representación.

Desde una perspectiva diferente, Alice Jardine se dirige a los hombres interesados:
"No queremos que nos imitéis, ni que lleguéis a ser lo mismo que nosotras; no queremos vuestro sufrimiento, ni vuestra culpa; ni siquiera queremos vuestra admiración (incluso aunque sea agradable tenerla de vez en cuando). Lo que queremos, podría decir incluso que lo que necesitamos, es vuestro trabajo" (Jardine: 1987). Y despliega una lista de consejos:
1. Puedes dejar de ser "sofisticado en la teoría" e "ingenuo en la práctica política".
2. Puedes leer y analizar obras de mujeres, escribir, enseñar y hablar de ellos.
3. Puedes promocionar estudios de mujeres.
4.Puedes reconocer tus deudas con el feminismo en tu obra.
5. Al hacerlo, no seas reductivo, y sobre todo, no hagas del feminismo una mitología.
6. Puedes criticar a tus colegas masculinos sobre su forma de tratar el asunto del feminismo, aunque eso te haga poco popular.
7. Y lo más importante, tú mismo puedes dejar de ser reactivo al feminismo, y comenzar a ser feminista activo; tu posición cultural como hombre te lo permite.
8. En el reino de la teoría, la lista no tiene fin. Tienes que tomarte en serio al menos 20 años de teoría feminista. Por ejemplo, al nivel más general, puedes tratar -como hombre desde lo femenino-, algunos de los campos simbólicos más recurrentes del feminismo: por ejemplo, la teoría cinematográfica, la hegemonía simbólica de la visión en la metáfora que organiza la historia patriarcal; o las relaciones entre los hombres y la tecnología, las armas o la guerra; o los deportes. En los terrenos de cuestionamiento psicoanalitico, tendrías que comenzar a reescribir tu relación con tus padres; tu relación con la muerte, la escopofilia, el fetichismo, con el pene y las pelotas, la erección, la eyaculación, (por no mencionar el falo), la locura, la paranoia, la homosexualidad, la sangre, el placer táctil, el placer en general, el deseo, el voyeurismo, etc… No hablar de tu cuerpo, sino dejar a tu cuerpo hablar, sin que eso signifique exhibicionismo, o simple expresionismo…
Si el cuerpo (y sus pulsiones) de hombres y mujeres es diferente, el discurso no puede ser el mismo, o por decirlo más exactamente: tanto los discursos como la relación entre discurso y género, serán incomparables, inconmensurables. De modo que no se trataría de generar el mismo discurso, ni discursos similares, como tampoco de incentivar una discursividad diferencial, sino de generar contextos de negociación y diálogo. La dialógica no implica una similaridad discursiva, sino: (a) una disposición para la relación, y (b) una compatibilidad de códigos.

Asumiendo ese programa profeminista, el ensayo VAS, De Paul Smith (1988) pretendía evitar referirse a la masculinidad y a la sexualidad masculina de un modo lineal, unilateral (edipo, castración, falo, etc.), advirtiendo que el feminismo ha ofrecido modos de comprensión de la sexualidad que aún no han sido aplicados con éxito a la sexualidad masculina, para favorecer posibilidades de colaboración y de alianza: "La articulación del cuerpo masculino y del imaginario masculino en la construcción de un registro pre-edípico para la masculinidad".
Para Smith, Vas, palabra latina que significa tanto vaso o vasija como aparejo, utensilio, no figura ni sugiere un órgano específico, sino que se propone heurísticamente, para describir un nexo de efectos imaginarios. El ensayo de Smith sugiere que lo quizás el psicoanálisis de Freud viene a reprimir sea la masculinidad, o más bien una particular experiencia de la masculinidad que está incómodamente cerca de la histeria (desde la identificación reprimida del propio Freud con respecto a la feminidad). Y frente a esa represión, Smith intuye que "también el imaginario masculino debe contener algún material no-reprimido, material que podría por definición ser insimbolizable". En este sentido, la palabra latina Vas, le sirve como gesto heurístico, para proponer una figura no-edípica de masculinidad. Vas alude al mismo tiempo al significado de aparato y de apariencia, de herramienta y de contenedor, y por esos va más allá, o más acá, de la actividad o pasividad, de la concavidad y convexidad edípicas. Si la función del falo y la castración, en el psicoanálisis, es testificar sobre todo la naturaleza problemática e imposible de la inserción del sujeto en su identidad sexual, "el rasgo característico de lo preedípico en el imaginario masculino puede entonces de su va(s)cilación. Vas: lo que los hombres acarrean en lo real y lo que al mismo tiempo contiene lo no-simbolizable; representa aquello en que consistimos y aquello que no simbolizamos; tanto lo que llevamos como lo que perdemos; o para usar un vocabulario antiguo,quello que acumulamos y aquello que gastamos" (Smith: 1988).

*

Gracias en buena medida al feminismo, (y a otros movimientos de emancipación social, política, racial, etc.), la cultura contemporánea se enfrenta a situaciones de negociación impensables hasta hace bien poco tiempo. Y en virtud de esas situaciones, existen temas que incumben mutuamente a hombres y mujeres. Si las mujeres son seres evolucionados, sofisticados, tras cien años de trabajo y discusión sobre su identidad… mientras los hombres se embrutecen, se atrincheran en roles desgastados y deslegitimados de masculinidad, el resultado será -como está siendo en muchas ocasiones- una descompensación que genera conductas y actitudes maniqueas y violentas. La desorientación de los hombres, su falta de introspección y de reflexión de identidad, la ausencia de modelos culturales distintos a la virilidad caricaturesca e impresentable, unido a la diversidad de modelos disponibles para la mujer, y a la vitalidad de las actitudes y conductas femeninas… está generando reacciones absurdas de violencia anti-feminista, recuperaciones imposibles de clichés viriles anacrónicos, etc… (Desde ese aforismo que comenzó a utilizar a comienzos de los 80s. la publicidad del perfume "Otelo" -"Vuelve el hombre", hasta la moda de la violencia doméstica o la quema de esposas ampliamente promocionada por los medios de comunicación…). De ahí que más que pensar en las definiciones de identidad, habrá que trabajar en el campo de la vinculación, de la interentidad. Están aquí abiertas líneas de trabajo que serán fundamentales en un futuro próximo para atender y entender las circunstancias sociales de este milenio.
No es que la presencia de hombres dentro del feminismo proporcione un material de diferencia sexual capaz de conservar la teoría feminista radical y subversiva, como habrá llegado a afirmar Paul Smith, sino que, dado que las relaciones sociales son interactivas, son las interacciones más que las identidades las que determinará formas de convivencia más o menos gozosas para todos.
Determinados culturalmente por un paisaje omnipresentemente mediático y teledirigido, vivimos envueltos en una virtualidad de propaganda, publicidad, cine, TV …en imágenes que exploran y explotan la economía libidinal del deseo, instaurando las diferencias y las identidades en función de intereses inaccesibles que nos convierten en su objeto, en su instrumento. Podría pensarse que el erotismo ubicuo se dirige especialmente hacia un público masculino -mostrando una vez más el patronazgo patriarcal-. Pero también cabría considerar que la propaganda está diseñada para doblegar voluntades (¿Qué es lo que paga el anunciante por el precio de un "espacio", sino el espacio de la mirada, la mirada misma, vendida fuera del control del sujeto?); es, finalmente, una estrategia estética de gobierno que escenifica y refuerza una economía diversa: La debilidad corresponde a quien más desea, pues su voluntad está doblegada al objeto -y un objeto que sólo por transferencia transicional coincide con aquél que se publicita, que se compra y se vende. Así, el erotismo debilita al sujeto de la mirada. Si el erotismo está dirigido especialmente al hombre, debilita especialmente al hombre, que queda confinado así en una circularidad que lo convierte en obediente, sumiso. Este debilitamiento gubernamental se une a otros procedimientos, como la promoción de los deportes.
Como personas que participan en este inicio del siglo XXI, los hombres evidentemente necesitarán los distintos feminismos para:
a. Desarrollar nuestra propia deconstrucción genérico-masculina
b. Propiciar y contribuir a relaciones igualitarias, mediadas, negociadas y diferenciales -interdiferenciales.
c. Descentralizar las identificaciones de género.
Es desde esta necesidad, desde la que pensar las relaciones del feminismo con los hombres, y de los hombres con el feminismo: una relación inevitable e imposible, es decir, real.

 

(Comunicación presentada en el ámbito de las sesiones sobre artistas y feminismo convocadas con ocasión de la exposición de Martha Rossler en el MACBA de Barcelona. 1999.) ^


REFERENCIAS CITADAS:

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