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Toda etiqueta, corriente o denominación que intente
globalizar las producciones literarias, artísticas o
teóricas de un grupo de individuos resulta esquemática
y engañosa cuando no francamente distorsionadora de las
singularidades.
Quisiera ocuparme de las filósofas que teorizan hoy
sobre el género en España. Un terreno fértil,
si bien no suficientemente divulgado, donde aparecen de nuevo
los tres ejes o conceptos que, desde distintos prismas teóricos
y temáticos, hemos visto aflorar recurrentemente a lo
largo de este libro: Ilustración, Diferencia y Transmodernidad.
Parto del hecho de que no existe "literatura femenina",
ni por supuesto filosofía femenina, ni tan siquiera existe
"La Mujer" como entelequia unitaria.
Podríamos aceptar que existe la Teoría Feminista
como disciplina de investigación, pero el adjetivo "feminista"
conlleva una carga de militancia que distorsiona el asunto teórico,
pues ni todas las militancias feministas son equivalentes, ni
se implica necesariamente que de un interés teórico
en los asuntos del sexo / género se siga una actitud
vital, ética y política feminista, y menos aún
con una orientación determinada. Por otro lado aunque
son mujeres las que mayoritariamente desarrollan investigaciones
sobre el género, también lo hacen algunos varones,
con lo que no podemos identificar sin más temática
y sexo del investigador.
Orígenes del feminismo reciente
El feminismo en España toma especial auge durante la
década de los setenta. El final del franquismo y la época
de la transición marca la polémica sobre la doble
militancia y el análisis de hasta qué punto los
partidos tradicionales asumían las reivindicaciones de
las mujeres. Se recogía pues el debate internacional
feminista entre Capitalismo y Patriarcado, frente a los que
consideraban que éste último era una manifestación
más del capitalismo que quedaría resuelto con
la superación de la lucha de clases, iban surgiendo posturas
cada vez más decididas a favor de los grupos de mujeres
y de la lucha por reivindicaciones que no recogían los
partidos tradicionales o que quedan supeditados a una lucha
política general y postergados en el tiempo. Se demarcaban
así dos posturas la de un feminismo socialista y la de
un feminismo radical que en el ámbito internacional tenían
referentes en autoras como Sehyla Rowbotham o Sulamith Firestone
respectivamente.
Lidia Falcón, fundadora del Partido Feminista de España,
pretende desarrollar un feminismo científico marxista,
asume así planteamientos marxistas leninistas aplicados
al análisis del Patriarcado como modo de producción
de la reproducción social, trasladando la categoría
de obrero a la categoría mujer como "última
clase". Este análisis pormenorizado lo va a desarrollar
en su amplia obra: La razón feminista (Ed. Fontanella,
Barcelona, 1981), realizando un exhaustivo estudio de las causas
materiales de la explotación femenina a través
de la historia, recogiendo las aportaciones de las investigaciones
antropológicas y económicas desde una metodología
marxista. Lidia Falcón enuncia las leyes del proceso
reproductor de la fuerza de trabajo, las relaciones de reproducción
sexual, y de la explotación de la mujer en la sexualidad,
la reproducción y el trabajo productivo. Tras un análisis
del desarrollo dialéctico de la sociedad, defiende la
tesis de la mujer como clase social, tratando pormenorizadamente
el modo de producción doméstico. Desde este prisma
emprende la tarea de realizar un exhaustivo estudio de la reproducción
humana, comenzando por las raíces misóginas de
la ciencia, la biología, la ginecología..., a
través una visión histórica, para tratar
temas como la mujer sujeto productor, el valor del hijo... y
una vez asentado el papel esclavizante de la instrumentación
biológica de la mujer, propugnar las nuevas tecnologías
de reproducción "in Vitro" como liberación
de ésta frente a su destino natural.
El Partido Feminista de España, al igual que el Partido
Feminista Unificado de Bélgica o el Japans Women Party,
surge en un clima concreto de militancia marxista radicalizada
y, como Carmen Elejabeitia señala, su objetivo, al igual
que lo que se proponen los partidos obreros de corte marxista-leninista
tradicional, es "la toma del poder" para instaurar
la "dictadura de la mujer", cuya otra cara es la "democracia
feminista". Amen de los estragos que sobre tales propuestas
ha hecho el paso del tiempo, su implantación ha sido
y es ahora mucho más meramente simbólica, pues
los movimientos de mujeres han preferido integrarse en los grandes
partidos o sindicatos, o mantenerse como grupos independientes,
para desde estos foros desarrollar su labor.
La transición democrática, con la muerte de Franco
en 1975 y la redacción de la Constitución en 1976,
ofrecía para las mujeres el reto de salir de la sociedad
franquista tradicional, anclada en una moral nacional católica,
ciertamente debilitada en cuanto a las costumbres pero sin el
reconocimiento legislativo todavía de la igualdad de
los sexos en asuntos como: la necesaria autorización
del varón para acciones económicas de la esposa,
la consideración del adulterio como delito penado, la
ausencia de una ley del divorcio, la normalización de
la contracepción o la regulación de la interrupción
del embarazo.
A pesar del acuerdo por lograr los avances sociales en los
temas mencionados, las divergencias entre un feminismo socialista
y uno radical van a acentuarse originando todo un debate teórico:
feminismo de la igualdad versus feminismo de la diferencia,
que surge en las Jornadas Feministas de Granada de diciembre
de 1979, retomándose en las Jornadas de Patriarcat, Barcelona
mayo de 1980 y en los Encuentros Feministas Independientes,
también en Barcelona en octubre de ese mismo año.
La propuesta de la diferencia arranca de la ponencia de Gretel
Amman en las Jornadas de Granada proclamando el lesbianismo
como la mejor opción para la mujer, el tema de la diferencia
fue retomado también por Victoria Sendón en las
Jornadas de Independientes de 1980, y la polémica igualdad
/ diferencia se expone y muestra ya claramente en el nº
extra, 10, de 1980 de la Revista El Viejo Topo en artículos
de Celia Amorós, Amelia Valcárcel, Josep Vicent
Marqués, Genoveva Rojo, Empar Pineda...
Pasado el tiempo podemos encontrar el trabajo de diversas autoras
más o menos cercano a ambos epígrafes, si bien
Celia Amorós prefiere hablar de feminismos ilustrados
y feminismos helenísticos, Milagros Rivera de pensamiento
de la diferencia sexual femenina o yo misma de una propuesta
de feminismo transmoderno.
Fuera de esta clasificación el origen de la familia
y la configuración de la "naturaleza femenina"
en revisión de los postulados biologicistas, económicos
y antropológicos ha sido estudiado en libros como: Sexo:
naturaleza y poder de Sacramento Martí y Ángel
Pestaña (Ed. Nuestra Cultura, Madrid, 1983) o El orden
femenino. El origen de un simulacro cultural de José
Lorite Mena (Anthropos, Barcelona, 1987). En el terreno de las
lecturas no-androcéntricas del saber cabe destacar La
otra "política" de Aristóteles de Amparo
Moreno Sardá (Icaria, Barcelona, 1988), donde se analiza
pormenorizadamente el arquetipo viril que subyace a la obra
del filósofo y a la traición que en ella se funda,
método hermenéutico expuesto también en
su libro Pensar la historia a ras de piel (Ed. La Tempestad,
Barcelona, 1991).
Dentro de los feminismos ilustrados podemos destacar a Celia
Amorós, Amelia Valcárcel, Alicia H. Puleo, Rosa
Cobo, Cristina Molina Petit... y toda una serie de investigadoras
que en torno al Seminario "Feminismo e Ilustración"
dirigido por la primera en el Instituto de Investigaciones Feministas
de la Universidad Complutense de Madrid realizan la reconstrucción
histórica de una Teoría Crítica Feminista,
y una relectura de la filosofía clásica a la luz
del feminismo: Ángeles Jiménez Perona, Ana de
Miguel, Luisa Posada Kubissa, Neus Campillo... Partiendo de
la tesis de que todo feminismo es un movimiento ilustrado, pues
comparte con éste los supuestos de universalidad de la
razón, exigencia de igualdad, liberación de los
prejuicios y un horizonte de emancipación, las autoras
citadas han profundizado en el androcentrismo subyacente en
las grandes corrientes o filósofos que conforman el subsuelo
del pensamiento actual: cartesianismo, enciclopedismo, Rousseau,
Kant, Stuart Mill...
Diferencia
Dentro de los feminismos de la diferencia en España
un texto programático lo constituye Sobre diosas amazonas
y vestales de Victoria Sendón de León (Zero Zyx,
Madrid, 1981), para la autora el feminismo de la diferencia
protagoniza "una revolución que intenta ser personal
y política, global, institucional, anti-paradigmática,
situacional y simbólica" (op.cit. pág. 37).
El libro se abre con un irreverente y crítico ajuste
de cuentas con los padres del psicoanálisis y del marxismo:
Sigmund Freud y Carlos Marx, para seguir con un cuestionamiento
del pensamiento estructuralista, frente al que se propone el
pensamiento serial y el instante frente a la duración.
El feminismo se entiende como un planteamiento radical que busca
subvertir los supuestos tradicionales de la sexualidad, el poder,
la relación con la naturaleza, las formas del trabajo,
la familia... en una apuesta por la autoconciencia, la inversión
de los mitos, la acción directa. Sendón propone
el término Ginandria como significante de una visión
mítico simbólica de lo femenino. "A través
del término "ginandria" quiero conectar con
las raíces más profundamente subversivas, esotéricas
y heréticas capaces de contestar radicalmente a una cultura
crispadamente patriarcal" (op.cit. pág. 234). Esta
es la línea en la que continúa su posterior libro
Más allá de Ítaca (Icaria, Barcelona, 1988)
donde se reflexiona sobre el derrumbamiento del monoteísmo
cultural, del fin de la metafísica, a través de
un trasfondo mítico resurgente Sendón encuentra
el rastro femenino tanto en el concepto de Matria frente a Patria
cuanto en el futuro mujer que abre la crisis postmoderna.
Desarrollando el pensamiento de la diferencia sexual femenina
encontramos a la historiadora Milagros Rivera Garretas, que
dirige el Centre d'Investigació histórica de la
Dona de la Universidad de Barcelona, así mismo como la
revista Duoda exponente de esta tendencia. Para Milagros Rivera
resulta evidente que "vivir en un cuerpo de mujer y escribir
desde un cuerpo de mujer no ha sido ni ha significado lo mismo
que vivir en y escribir desde un cuerpo de hombre" (Textos
y espacios de mujeres. Europa siglo IV-XV, Icaria, Barcelona,
1990, pág. 210). Ello no nos aboca necesariamente a un
esencialismo biologicista, pero es la conciencia de un trato
desigual, de una situación específica: económica,
social y erótica la que determina una visión del
mundo marcada por la diferencia, una diferencia socialmente
construida pero omnipresente e ineludible. La cancelación
sistemática de la genealogía materna en las sociedades
patriarcales es el dato a partir del cual intentar reconstruir
una identidad y una genealogía propia. A este proyecto,
el de la construcción de "una genealogía
de autoría femenina de sentido en y del mundo" trata
de contribuir con su libro Nombrar el mundo en femenino. Pensamiento
de las mujeres y teoría feminista (Icaria, Barcelona,
1994), donde desde una relectura histórica y de la teoría
feminista reciente se documenta y expone el cuerpo de doctrina
del pensamiento y la política de la diferencia sexual
que, incorporando las aportaciones del feminismo francés
de la diferencia y el feminismo italiano asume el reto de trasformar
el orden sociosimbólico basado en la violencia por otro
orden simbólico apoyado en las mediaciones femeninas.
Por otro lado también en la Universidad de Barcelona,
esta vez en la Facultad de Filosofía el Seminario "Filosofía
y Género" dirigido por Fina Birulés agrupa
a investigadoras e investigadoras en Filosofía y Filología
y tiene por objetivo, en palabras de su directora: no tanto
analizar lo que los filósofos han escrito acerca de las
mujeres (de hacer un recuento de las "perlas misóginas")
como de recuperar y estudiar los textos donde se manifiesta
la producción filosófica de las mujeres y, en
el mismo gesto, examinar y reconsiderar los criterios de la
hermenéutica filosófica -tradicionales y actuales-,
sobre la base de categorías como las de género,
feminidad, diferencia... En torno a este grupo podemos encontrar
a autoras como Rosa Rius, Mercé Otero, Carmen Revilla
... que han realizado trabajos sobre el pensamiento de Hannah
Arendt, Simone Weil, Lucrezia Marinelli, Christine de Pizan...
entre otras.
Para Fina Birulés la reconstrucción de la historia
de las mujeres filósofas requiere una paciente tarea
de indagación y reconstrucción, en el terreno
hermenéutico Birulés ha retomado las aportaciones
de Walter Benjamin y Carlo Ginzburg, recurriendo a las "micrologías"
y al "paradigma indiciario" como forma de apuesta
por el fragmento, por el indicio, y método de acercamiento
ante la escasez de rastros y carencias de transmisión,
apostando por un camino de síntesis de lo heterogéneo
que permita "dejar hablar" a las mujeres del pasado,
decirnos "quiénes eran". Obtenemos así
una metodología reconstructiva, conjetural, micrológica,
que nos acerca a una realidad opaca, donde las "disonancias"
no se ocultan sino que se interpretan. La indagación
no es mera arqueología del pasado sino apuesta por la
memoria como condición de identidad, pues en sus propias
palabras: "debemos entrar en el futuro retrocediendo".
Carmen Elejabeitia representa un cierto esfuerzo de síntesis
entre las tendencias de la igualdad y la diferencia, partiendo
de un marco teórico deudor de Marx, Goux, Morin o Agnes
Heller, critica y transciende los planteamientos marxistas,
realizando en su libro Liberalismo, marxismo y feminismo (Anthropos,
Barcelona, 1987) una revisión histórica del pensamiento
feminista. Pero es en una obra anterior: Quizás hay que
ser mujer (Zero Zyx , Madrid, 1980) donde encontramos sus aportaciones
más personales. La paterialidad - el orden impuesto por
la Ley de los Padres- adopta significantes diversos: Dios, Ciencia,
Naturaleza, Ley, Patria, Proletariado, Inmortalidad... pero
en todos ellos se cumple una negación de la mujer y una
desposesión de su poder. Son discursos que se pretenden
únicos frente al caos y el desorden, frente a ellos sólo
la intuición de la materialidad propone caminos para
indagar la posible identidad de la mujer, desde lo diferente,
desde lo singular, desde la resistencia y la subversión,
un camino donde el hombre y la mujer pueden ser mujer.
Feminismo ilustrado
Celia Amorós es una de las autoras clave a la hora de
valorar el feminismo filosófico en España, tanto
por su obra propia cuanto por haber desarrollado una línea
de investigación sólida que aglutina a gran número
de estudiosas cuyos trabajos otorgan a la crítica filosófica
feminista un excelente rango teórico, tanto en la construcción
de una Teoría Crítica feminista cuanto en la revisión
histórica y actual del pensamiento filosófico.
Sus conferencias y estudios quedan por primera vez reunidos
en el libro: Hacia una crítica de la razón patriarcal
(Ed. Anthropos, Barcelona, 1985). El punto de partida es la
tesis de que la ideología del patriarcado ha impuesto
el tipo de racionalidad que se expresa en el discurso filosófico,
la Razón ha configurado su legitimidad a través
de la genealogía patriarcal como institución social
y cultural. Ello no implica en modo alguno una puesta irracional,
sino todo lo contrario una revisión crítica: "se
trata de articular un punto de vista y una perspectiva desde
los cuales se pueda proceder a una relectura de la historia
de la filosofía - y más en general del pensamiento
y de la cultura - en la que no se haga abstracción de
las distorsiones patriarcales que inevitablemente han configurado
cierto tipo de discursos" (op. cit. pág. 10). El
feminismo entendido como crítica de la cultura patriarcal
asume así una dimensión epistemológica
-como se acaba de esbozar- y debe asumir así mismo una
dimensión ética, que recoge, por otro lado las
luchas y propuestas reivindicativas feministas, reconociéndose
como un proyecto teórico, ético y práctico
de emancipación.
Solo releyendo las obras de los filósofos podremos entrever
el sexismo ideológico que impregna la filosofía
moderna. Una tradición que ha igualado hombre a cultura,
relegando a la mujer al ámbito de la naturaleza. Para
Hegel el hombre se mueve en el terreno de lo universal mientras
la mujer queda reducida al terreno de la inmediatez, negándosele
el acceso al estatuto de la individualidad. La conceptualización
de la mujer como naturaleza y como género aparece también
en Schopenhauer. Para Kierkegaard la mujer queda excluida de
la existencia como problematicidad, y para Sartre es la revancha
dulzona de lo viscoso y en-sí. Celia Amorós recoge
también las críticas de Juliet Mitchel a Freud
como ideólogo del patriarcado, sexismo que culmina en
la exclusión lacaniana. Igualmente es contundente en
su crítica a los feminismos de la diferencia: "Si
las mujeres queremos y podemos, al menos en alguna medida, escapar
al dilema de ser, o herederas de pleno derecho, a título
igual al de los hombres, de un legado configurado y marcado
por los sellos patriarcales, o situarnos del lado de las desheredadas
que renuncian a conquistar su parte -renuncia que se dobla siempre
del sueño compensatorio, más o menos ilusorio,
bien de que se tiene ya la mejor parte, bien de que más
pronto o más tarde nos corresponderá el relevo
civilizador como fruta madura que caerá ante la desintegración
del patriarcado-, tendremos que desmontar teórica y prácticamente
los conceptos de herencia, de genealogía y de legitimidad
que están en la base del planteamiento que nos obliga
a aceptar los términos del dilema... por medio de un
análisis crítico de la impronta y del sesgo sexista
y patriarcal que se encuentra en determinados entramados conceptuales
en base a los cuales han sido construidos los sistemas filosóficos"
(op. cit. pág. 78-79). Un buen análisis de su
teoría de la legitimación genealógica patriarcal
de la filosofía lo constituyen su relectura de autores
como Aristóteles, San Agustín, y Kant (cap. 3
del libro comentado), sus estudios sobre Sartre o sobre Kierkegaard,
desarrollado éste último en su libro: Soren Kierkegaard
o la subjetividad del caballero (Ed. Anthropos, Barcelona, 1987).
Por otro lado, para la autora, en el ámbito de la ética,
el feminismo, concebido como movimiento de lucha de las mujeres
para lograr el estatuto pleno del ser humano, supone la máxima
ampliación del protagonismo ético y por tanto
su cumplida universalización (op.cit. pág.143,
Véase también "El feminismo como exis emancipadora"
en Feminismo e Ilustración, Actas del Seminario permanente,
1988-1992, Instituto de Investigaciones Feministas.Universidad
Complutense de Madrid, Madrid, 1992).
A través de sus análisis sobre los conceptos
de universalidad e individuación, en el nominalismo o
Hegel y de las relaciones entre el contrato social y el contrato
sexual ha acuñado conceptualizaciones tan felices y descriptivas
como: "Espacio de los iguales / espacio de las idénticas"
para manifestar cómo en el ámbito masculino el
reparto de poder se efectúa en virtud del reconocimiento
de la igualdad, mientras que si no está en juego ningún
poder relevante falta "la razón suficiente para
realzar al individuo sobre el fondo genérico, las mujeres
son así "las idénticas" el cupo, la
cuota a aceptar o invisibilizar. ("Espacio de los iguales,
espacio de las idénticas. Notas sobre poder y principio
de individuación". Rev. Arbor. Madrid.).
En el debate entre feminismo de la igualdad / feminismo de
la diferencia el artículo de Amelia Valcárcel
"El derecho al mal" (aparecido en el Viejo Topo citado)
donde en aras de la igualdad se reclamaba para las mujeres no
las felices arcadias de la reserva moral incontaminada sino
el derecho a asumir el rasero moral de los varones incluso por
abajo, para con las mismas armas acceder al poder de la universalidad.
Pues para esta autora, como lo desarrolló más
tarde en su libro Sexo y filosofía. Sobre "mujer"
y "poder" (Ed. Anthropos, Barcelona, 1991), hablar
de sexo es hablar de poder. Se trataría no de saber qué
es lo esencialmente femenino, sino de averiguar por qué
se supone que tal esencialidad existe y a que estrategia de
poder obedece su postulación. Lo femenino se ha construido
como un conglomerado de las astucias del débil frente
a su carencia de poder, mientras las mitologías de la
diferencia persisten en este rechazo Valcárcel nos advierte
que no solo el poder corrompe: "no tener poder corrompe
también y, en ocasiones, más deprisa". Una
ética de la igualdad debe acabar con la demonología
del poder, defender el poder del sujeto, constituirse en una
"ética de la potencia", clarificar en qué
sentido la mujer o las mujeres como genéricos son sujeto
u objeto para una teoría sólida, que deberá
basarse no en una supuesta esencia o identidad compartida sino
en la consideración de una pluralidad de sujetos que
constituyen un nosotros, que pasan de la minoría de edad
de la heteronomía impuesta hasta la autonomía
de quienes establecen nuevos pactos sociales de equipotencia.
Es pues el logro de la individualidad el que debe acabar con
el estereotipo del genérico. El feminismo, por medio
del pacto y la igualdad debe completar el programa ilustrado.
No puede entenderse Occidente sin el pensamiento ilustrado,
sin el contrato como metáfora del fundamento de la sociedad
y su corolario en la idea de progreso y emancipación.
Un trayecto en el que el feminismo denuncia la falsa universalidad
una de las formas más flagrantes de "miedo a la
igualdad".
Dentro de esta tendencia de buscar en la Ilustración
tanto el modelo para un feminismo equipotente cuanto el origen
de la exclusión femenina en el contrato social moderno
podemos destacar diversas obras: Dialéctica feminista
de la Ilustración de Cristina Molina Petit (Ed. Anthropos,
Barcelona, 1994), Fundamentos del patriarcado moderno. Jean
Jacques Rousseau (Ed. Cátedra, Feminismos, Madrid, 1995)
o La Ilustración olvidada. La polémica de los
sexos en el siglo XVIII. Selección de textos de Condorcet,
De Gouges, De Lambert y otros a cargo de Alicia H. Puleo, presentación
de Celia Amorós (Ed. Anthropos, Madrid, 1993). También
compartiendo la perspectiva del feminismo ilustrado pero analizando
la conceptualización de la sexualidad en la filosofía
contemporánea, podemos destacar el libro Dialéctica
de la sexualidad. Género y sexo en la filosofía
contemporánea de Alicia H. Puleo donde se van siguiendo
las diversas configuraciones de lo femenino de forma reactiva
al pensamiento de los filósofos que han configurado el
substrato teórico al respecto: La Mujer-Inconsciente
frente al pesimismo de Schopenhauer, la "representante
privilegiada del Eros" a partir de la línea nietzscheana
y freudomarxista o la presa codiciada del erotismo transgresivo
de Bataille.
Transmodernidad
Las teorías del género o el pensamiento feminista
suelen tener, amen de su propia dinámica interna, una
relación explícita con las corrientes teóricas
y debates de su tiempo, tanto para situarse frente a ellos cuanto
para hacer que éstos se sitúen frente a los susodichos,
esto es: tanto para asumir las líneas de su contemporaneidad
cuanto ejercer una revisión critica de esas mismas corrientes
desde un punto de vista del género. Si en los años
setenta el debate lo constituyó la relectura del marxismo
y el psicoanálisis, para posteriormente repensar, y reciclar
principalmente desde el feminismo de la diferencia las aportaciones
nietzscheanas, y postestructuralistas, el debate siguiente frente
al cual deberá situarse y que deberá situar desde
su prima es de modernidad / postmodernidad.
La defensa de la modernidad está en consonancia con
los feminismos ilustrados, si bien el pensamiento de la diferencia
sexual arrancaría más bien de la constatación
de la quiebra de la modernidad si bien no enmarcándose
necesariamente en un movimiento tan heterogéneo como
ha resultado ser el postmoderno. Revisiones explícitas
de este debate lo constituyen tanto la apuesta postmoderna heterodoxa
de Sendón cuanto el libro coordinado por África
Vidal y Teresa Gómez Abanicos ex-céntricos. Ensayos
sobre la mujer en la cultura postmoderna (Universidad de Alicante,
Anglo-American Studies, Barcelona, 1995) o desde el terreno
de la estética las aportaciones de Juan Luis Moraza y
Estrella de Diego. Es desde este mismo eje temático del
que parten mis libros: La sonrisa de Saturno. Hacia una teoría
transmoderna (Ed. Anthropos, Barcelona, 1989), Femenino fin
de siglo. La seducción de la diferencia (Ed. Anthropos,
Barcelona, 1994) y Foucault y la genealogía de los sexos
(Ed. Anthropos, Barcelona, 1996). A partir de lo desarrollado
en ellos paso a considerar lo que a mi modo de ver constituye
hoy la tarea pendiente de un pensamiento del género.
La Modernidad se ha construido no sólo con la ausencia
de las mujeres sino legitimando subrepticiamente en dicha ausencia
su misma condición de posibilidad, estableciendo así
engañosamente una supuesta universalidad sobre la base
de un ocultamiento y una discriminación. Como Genevieve
Fraisse ha mostrado (Muse de la Raison), el sistema democrático
y burgués moderno (que arrancando del modelo Ilustrado
se consolida a lo largo del s. XIX) se edificó sobre
la exclusión de la mujer de la esfera política
y pública como requisito para la construcción
de la nueva configuración moral y axiológica,
legitimada desde el derecho, la ciencia y la filosofía.
Frente a las expectativas de igualdad creadas por la Revolución
francesa y ya trazadas en los textos de Condorcet, Montesquieu,
Olimpia De Gouges, D'Alembert, Madame D'Epinay, Madame De Lambert...
va a prevalecer durante el siglo siguiente el modelo de mujer-madre
preconizado por Rousseau, consolidándose un triple proceso
de exclusión de las mujeres: legal: supeditación
de las esposas, suspensión de las expectativas revolucionarias
de las mujeres, moral: condena del estilo de vida aristocrático
prerrevolucionario, creación normativa de la "ficción
doméstica", y científico: teorías
del intelecto sexuado y teorías de los médicos
filósofos (Cabannis, Virey)... todo ello plasmado en
un nuevo modelo de domesticidad que separa lo público
y lo privado y en las reformas sociales inspiradas en la filantropía
y el higienismo.
Normalmente esta configuración del nuevo modelo democrático
burgués moderno se ha estudiado, desde el punto de vista
de las mujeres, en su manifestación represora y de exclusión,
olvidando resaltar lo que a mi modo de ver puede representar
la óptica más rupturista y novedosa: el constatar
cómo este modelo social está determinado no por
la exclusión de un sexo, sino por una subterránea
conceptualización de los géneros, por una biologización
y naturalización de lo femenino que no obstante su reclusión
va a impregnar todo el espacio social, otorgando la matriz a
partir de la cual va a pensarse la subjetivación y el
horizonte moral deseable del individuo moderno.
Foucault ha hablado de bio-política o bio-poder para
caracterizar esta nueva configuración política
que del XIX a la actualidad implica en el desarrollo del capitalismo
la inserción controlada del cuerpo en los aparatos de
producción, el control de poblaciones, el desarrollo
de la demografía, la higiene , la sanidad ... Pero todo
ello no hubiera sido posible sin una previa gestación
de la noción del cuerpo-especie que subyace a la nueva
tematización de "lo social" y "la población"
y que implica una redefinición de la conyugalidad, de
la esfera doméstica, que está basada como prerrequisito
en todo el esfuerzo que desde el XVIII se realiza por hacer
retornar a la mujer a su naturaleza, como cuerpo reproductor,
vehículo de la especie, ensalzamiento de su labor maternal,
transmisora tanto de los nuevos conceptos de higiene (física
y social) cuanto del mantenimiento de los valores morales. No
es pues la puesta en marcha de una nueva configuración
del poder: la biopolítica la que genera la visión
de los individuos como cuerpo especie, y que representa para
las mujeres el corolario de su reclusión en la esfera
privada y la histerización del cuerpo femenino, sino
que esta estrategia de reclusión de las mujeres en el
ámbito doméstico, las justificaciones de los los
médicos filósofos de los siglos XVIII y XIX, las
teorías del intelecto sexuado, su consideración
como cuerpo-especie responsable de la salud de las generaciones,
su identificación con la naturaleza, su constitución
como objetivo principal y transmisor de las normativas de higiene,
su responsabilidad en el bienestar físico y moral de
la familia... son las que hacen posible el desarrollo del bio-poder,
que a su vez caracteriza la configuración moderna de
un poder, pastoral individualizante. La familia amen de lugar
de encierro, espacial y simbólico, posee una potencia
productiva en cuanto que ficción doméstica (en
el sentido de Nancy Armstrong), pues el ideal femenino conforma
a su vez el ideal burgués, que marca las pautas, en su
reconversión moral universalizante del individuo moderno.
Así de la misma manera que por un lado se define a las
mujeres por su biología y se las recluye en su especificidad
y privacidad, por otro los valores morales domésticos
se extienden e impregnan lo social, el cuerpo social sé
feminiza, completando lo que en otro lugar he codificado como
"asunción hegemónica de los valores del heterodesignado",
lo que refleja el mecanismo de circulación de valores,
en el cual los grupos hegemónicos, en momentos de agotamiento
de sus propios valores, asumen otros de grupos discriminados,
generalmente sin asumir sus reivindicaciones, desposeyéndolos
de su identidad pero impregnándose paradójicamente
de ellos.
Es a partir de esta situación paradójica, pero
no coyuntural o periférica sino nodular que cabe releer
el género como condicionante de la Modernidad, y replantearnos
la emergencia del sujeto-mujer tras la crisis de la Modernidad.
La crisis de la Modernidad conlleva, como se ha repetido exhaustivamente,
una quiebra de nociones canónicas como las de: Historia,
Progreso, Sujeto, Realidad y Razón. La teoría
del género hoy, amen de realizar una relectura histórica
de su lugar oculto pero fundamentante en las Grandes construcciones
teóricas del pasado, debe asumir el reto de valorar cómo
trabajar en la consolidación de una identidad y presencia
femeninas, precisamente cuando los paradigmas clásicos
de igualdad, emancipación, objetividad y cientificidad
se hayan contestados. Ello nos aboca, como ha quedado patente
en los debates sobre feminismo y postmodernismo, a una reconsideración
pragmática, situada, falibilista (Frasser , Nicholson,
Alcoff), a valorar la creación culturalista del genérico
mujer más allá de las tentaciones más esencialistas
de la diferencia, procediendo tras la deconstrucción
del genérico y la subversión de la identidad heredada,
a una minuciosa "resignificación " (Butler),
a la reconstrucción de la subjetividad personal ( De
Lauretis).
La teoría del sujeto-mujer hoy debe reunir una serie
de requisitos para, asumiendo la crisis de la modernidad mantener
su operatividad y consolidar su presencia: autonomía
gnoseológica y crítica, elementos para analizar
la formación cultural, histórica y social de la
identidad de género, construcción de un genérico,
operatividad y reconocimiento como agentes sociales y políticos
del cambio.
Desde la denominación de "transmodernidad"
como la situación que retoma los retos pendientes de
emancipación de la modernidad, pero asumiendo su crisis,
habremos de utilizar la ausencia de la mujer, su carencia de
presencia y esencia, precisamente como arma efectiva y creativa
precisamente en unos momentos en que el adelgazamiento de las
Grandes Teorías nos ofrece el simulacro como escenario.
Así pues en esta simbiosis de simulacro y teoría
del género transmoderna, frente a los conceptos fuertes
de los ejes de la modernidad requeriremos: un sujeto estratégico,
que encuentra su fuerza no en su fundamento metafísico
sino en su permanencia situada; una razón entendida como
foro comunicativo pactado, una historia múltiple no unitaria
ni unidimensional; una realidad que se sabe ficción o
exceso hiperrealista, paso del "factum" al "fictum"
que reconoce en la acción el elemento generador de identidad.
Esta opción transmoderna por la constitución
del sujeto-mujer configura sin duda una ética, pero crítica
y deconstructiva frente a las tendencias universalizadoras,
reserva nominalista ante las teorías unitarias, inmersa
en la heterogeneidad y la contextualidad, comprometida en una
constante analítica del poder, en la reconstrucción
de una genealogía propia, de una mitología, de
un imaginario creador y electivo, en la apertura y exploración
de nuevas formas de subjetividad, que apuesta por la libertad
y la ficción de unir la estética a la ética
en el reto de la autonomía.
( El presente texto corresponde
al Capítulo 5 del libro: Rosa María Rodríguez
Magda, El modelo Frankensntein, De la diferencia a la cultura
post, Ed.Tecnos, Madrid, 1997). [VOLVER
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